pequeño cuento
marroquí sobre la amistad
en un pueblo de marruecos vivía un modesto alfarero. sus ingresos
provenían de la venta en su puesto del zoco de los cacharros
que confeccionaba en su casa de la montaña. bajaba cada mañana,
pasaba todo el día en el puesto, y a las tardes subía
de nuevo. allí tenía también un pequeño
terreno donde crecían unas pocas plantas de marihuana cuyo kif
fumaba en su pipa constantemente. al bajar por las mañanas, siempre
traía unas pocas bolsas que distribuía entre sus amigos,
a razón de cinco dirham por bolsa de kif. las metía en
uno de los cacharros que se apilaban desordenadamente por el puesto
y esperaba a que los habituales fueran acercándose a charlar,
tomar un té, y recoger una bolsa fresca para la jornada. entre
eso y algún cacharro que vendía de vez en cuando, conseguía
subsistir.
un día, se acercaron por el puesto unos turistas, interesándose
por unas pipas viejas que tenía en un bote de arcilla. se demoraron
mucho, probaron a encontrar las dos partes que, unidas, dieran el mejor
resultado. todas ellas eran diferentes y les costó mucho decidirse.
el alfarero les ayudaba chapurreando en español, y finalmente
les ofreció también un poco de kif para fumar. cada uno
se llevó una pipa y una bolsa. a la mañana siguiente volvieron.
el alfarero había ordenado su puesto, algo que venía retrasando
durante meses, y compraron también un plato de barro sin cocer.
entre los extranjeros se corrió la voz rápido, y cada
día se presentaban unos cuantos a curiosear. quien más
quien menos, todos compraban algo además del kif, que era lo
que realmente habían venido a buscar.
así que el alfarero empezó a progresar. vendía
muchos cacharros y pronto el puesto fué famoso en el pueblo.
incluso de otros pueblos venían a comprarle, así que dejó
de vender kif a los turistas. pero no se olvidó de sus amigos,
que seguían viniendo cada día a por su bolsa fresca de
la montaña.
uno de ellos pasaba mucho tiempo con él. siempre estaban charlando
y fumando, le ayudaba a cuidar y ordenar el puesto, y le hacía
los recados, llevando las compras a las casa de los más adinerados
del pueblo. así conoció al alcalde, al jefe de policía,
y hasta a un juez de tánger que pasaba allí los veranos.
pero le corroía la envidia. veía que su amigo era cada
vez más rico, y que él siempre iba a depender de su amistad,
por no tener un negocio propio. así que se le ocurrió
una idea. prometió al jefe de policía una detención
sonada si luego le correspondía con una compensación.
el día convenido, bajó al puesto como de costumbre, y
se fijó en cual de los cacharros guardaba el alfarero el kif,
pues cada día iba cambiando. con la excusa de un recado, corrió
a avisar al comisario de dónde se encontraban las bolsas, y se
marchó a su casa. la policía se presentó en el
puesto y encontró la hierba, así que el alfarero fué
detenido, y multado con tal dureza, que su puesto fué requisado,
con todo su contenido y subastado públicamente. os imaginareis
quién fué el ganador de la subasta. el amigo ya tenía
un negocio boyante.
así que el alfarero tuvo que empezar de nuevo. pero los puestos
del zoco estaban ya adjudicados, y solo pudo conseguir un rincón
casi frente a su antiguo puesto. ahora tenía que bajar y subir
cada día de la montaña con todos sus cacharros, que no
eran muchos, porque no tenía mucho espacio donde colocarlos.
el amigo le veía llegar, descargando sus cosas de un burro que
le acompañaba. siempre hacía lo mismo. ponía primero
dos banquetas, una para sentarse él, en la otra colocaba una
pequeña caja metálica, los cacharros alrededor. finalmente
se sentaba, y saludaba a su amigo con la mano. el amigo estaba orgulloso
de su plan, ya que gracias a su astucia, el otro no podía saber
que era él quien le había denunciado.
a lo largo de la mañana, los conocidos de siempre iban desfilando
por el mercado, y se quedaban mucho rato hablando con el alfarero, mientras
que al amigo le dedicaban solo unas palabras de cortesía y se
marchaban corriendo. esto le sentaba muy mal. ¿por qué
estaban con el alfarero tanto tiempo si nadie podía saber que
era él el delator? le daba vueltas a la cabeza y no encontraba
explicación. a no ser que fuera porque seguía vendiendoles
el kif. empezó a hacer indagaciones, no se atrevía a preguntarle
drectamente, así que preguntó a otros, antigüamente
asiduos de las bolsitas. todos le juraban que ya no vendía, porque
la policía encontró su campo y quemó sus plantas.
pero él no podía creerlo. cada día cuando veía
a alguno de aquellos sentarse horas con el alfarero, tomando té
y charlando le venía la misma idea a la cabeza. pretendían
engañarle, seguro que sí vendía. él era
mucho más rico y tan amable y buen conversador como cualquiera.
pero todos iban a la miserable esquina del otro.
por fín un día se decidió. cruzó la calle
y se acercó al puesto del alfarero. empezaron a hablar de los
viejos tiempos y el otro le ofreció un té. mientras bebían
el té, sacó la pipa y le ofreció un poco. entonces
aprovechó la oportunidad y le preguntó a bocajarro si
no tenía una bolsita para él. el alfarero le contestó
que por supuesto, siempre tenía algo para un viejo amigo. cogió
la caja de metal, la abrió y sacó una bolsa. se la ofreció
pero no quiso aceptar los cinco dirhams de rigor. en cuanto pudo marcharse,
el amigo corrió de nuevo al puesto de policía a denunciarlo.
les dijo que seguía vendiendo y dónde lo guardaba. le
preguntaron qué quería a cambio esta vez y contestó
que le bastaba con que le metieran a la carcel, para no verle nunca
más por allí. pero cuando fué la policia y miraron
en la caja, no había nada. por más que revisaron el puesto
de arriba abajo, cacharro por cacharro, nada encontraron y tuvieron
que marcharse.
la caja era la trampa que el alfarero le había tendido para descubrirle,
porque siempre sospechó que era él el culpable de su detención,
y durante años había estado bajando una sola bolsa cada
día, hasta que su plan funcionó. ahora todo el pueblo
sabía que el amigo era un delator, y su negocio fué decayendo,
porque nadie le compraba, hasta que tuvo que marcharse del pueblo.
febrero 2005 - inédito