COLOMBO... Y ROBOCOP
en estos días de euforia y renovación de la ciudad, nada mejor que tocar un tema relacionado con el diseño del mobiliario urbano que me tiene perplejo.
t odos conoceis a nuestro viejo amigo colombo, el amable aparatito que nos acepta de buen grado las moneditas que (de buena gana) queramos aportar cuando aparcamos nuestro coche en cualquier sitio donde merezca la pena aparcarlo.
este personaje llegó a la ciudad hace ya unos años y se ha convertido en parte de las imágenes que caracterizan la urbe, como las cuatro torres y el monumento a la batalla de Vitoria.
sus suaves curvas, acabados blandos y color verde (esperanza), su integración directa (sin anclajes visibles) en el pavimento, y su perfecto funcionamiento (qué más quisiéramos) lo convierten, aunque nos pese, en una excelente pieza de mobiliario urbano.
incluso los manchurrones, de barro o de antiguas pegatinas deshechas, las pintadas y otros desperfectos le dan ese toque desaliñado que tanto apreciábamos en el detective del mismo nombre, y lo acerca al ciudadano de a pie. qué decir por otro lado del recién llegado...tras largos meses de padecimientos y socavones, aparecen en vísperas de navidad por nuestras calles un regimiento de androides metálicos, agrupados por patrullas de dos o cuatro (o más), como beltzas en días de mani: robocop.
su aspecto industrial, robusto, indestructible, su base anclada sólidamente (y, en general, donde antes aparcaban coches), esos símbolos diminutos, motas de color en una carcasa carente de cromátismo...
no nos engañemos: no son simplemente máquinas sin diseñar. el mejor diseño realizado durante, al menos, la primera mitad del siglo XX no fué hecho por diseñadores, y la falta de preocupación por el diseño no implica necesariamente fealdad.
y, por otro lado ¿son feos?
al escribir estas líneas me asalta la duda. desde que aparecieron, los he odiado, y sin embargo, en su brutalismo tienen una cierta belleza. nna belleza más propia de una planta de fundición de metal que del casco antiguo de una ciudad, lo admito.
otra manera de abordar el problema sería demostrar que es su función la que justifica esa forma. ¿es posible? ¿debemos creer que el ciudadano necesita ser coaccionado para echar la basura en su sitio? ¿o que los sofisticados sistemas neumáticos que, a día de hoy recorren nuestro subsuelo condicionan de tal manera el aspecto exterior del sistema? lo dudo.
y si fuera así, ¿merece la pena llenar el casco antiguo de robocops de pacotilla para resolver ese problema? ¿o es acaso que somos tán malos ciudadanos que nos merecemos esas patrullas perpetuas vigilando nuestras actividades mientras poteamos?
lo que, en todo caso, es sospechoso es que el mismo ayuntamiento nos pida el dinero de la ota con tánta amabilidad y nos recoja la basura con tánta mala leche.
o es que todavía es pronto para opinar, esperaré unos años, a ver si se me adapta la vista.

publicado en acción (2002)